RELATO: Raúl Reyes Había Muerto, por Campo Burgos López

Raúl Reyes

1

 Raúl Reyes había muerto. Un instante después de su muerte, el ex terrorista despertó con la certeza de que no podía haber despertado ¿Acaso la existencia no finalizaba cuando el cuerpo dejaba de funcionar? ¿Acaso todo lo que le habían enseñado los camaradas de las FARC era falso? Incómodo, se incorporó y escrutó el lugar donde se hallaba. Era éste un cuarto de unos tres metros por tres metros con todas las paredes blancas y sin ninguna puerta visible. Asimismo, era totalmente silencioso. Por largo rato Reyes aguzó el oído para captar algún ruido, pero la ausencia de sonido era absoluta, inconmovible.

—¡Hola! —gritó—. ¿Hay alguien ahí?

De nuevo alistó su oído para percibir una respuesta, pero nadie le contestó. Estaba solo.

Tras su grito, Reyes inspeccionó el lugar. El cubo donde se encontraba se sentía sólido pared por pared, el suelo era macizo y el techo también parecía serlo (eso supuso porque el techo estaba como a tres metros de alto y él siempre había sido un enano). Además, Reyes advirtió que no había nada en aquel cuarto. Ni una silla, ni una mesa. Nada. Sólo estaban él y el vacío. ¿Qué era eso? ¿Dónde se encontraba? Tras otro instante de silencio, el hombre se observó. No había espejo y por ello se limitó a palparse con una mano la barba, la nariz y los ojos. Aparentemente estaba bien. Por lo demás, vestía la camiseta y el pantalón de piyama con los cuales le había encontrado La Parca. Recordaba haber perdido un pie por la explosión de una de las minas quiebrapatas que él había ayudado a sembrar alrededor del campamento con cariño guerrillero, pero, de modo inexplicable, en este lugar tenía sus dos piernas sanas, completas y en perfecto funcionamiento ¿Quién lo había curado? ¿Por qué lo había curado? ¿A quién debía darle las gracias? Por un tiempo indeterminado, Reyes miró las paredes y de pronto se durmió. Al despertar solo había las mismas paredes blancas. Por otro lapso indeterminado, Reyes pensó en Dios, el demonio, las FARC, los secuestrados, el calor de la selva, los mosquitos, el agua, sus pies descalzos y se durmió. Al despertar, las paredes blancas continuaban impertérritas.

2

Raúl Reyes nunca sabía cuándo era día y cuándo era noche. El incomprensible cuarto donde se hallaba no tenía ventanas, pero siempre estaba bañado por una luz clara que no sabía de dónde provenía o de dónde se filtraba. ¿Qué era aquello? ¿Por qué no sentía hambre? ¿Por qué su pecho ya no respiraba? ¿Cómo era que podía escuchar su propia voz si allí no había aire?

—¡Holaaaaaaaaaaaaaaaaa! —gritó lo más fuerte que pudo—. ¡Holaaaaaaaaaaaaaaaa! —repitió.

Nadie contestó.

¿Qué era eso? ¿Dónde estaba? ¿Por qué nunca había allí alguna persona? Para pasar el tiempo que no pasaba, Reyes comenzó a recordar su vida: Su juventud, su período como sindicalista, su ingreso a la guerrilla, las guerrilleritas que seducía merced a su poder en la organización, sus borracheras. Todo eso había quedado atrás. Todo había concluido y ahora se encontraba en este lugar donde nada ni nadie le daban razón de algo. ¿Qué ocurría? ¿Así era como terminaban todas las vidas humanas? Desesperado por el silencio, Reyes se durmió, pero tras un lapso que podría haber sido de horas o de años, despertó. Volvió a dormirse y volvió a despertar. De nuevo durmió y de nuevo despertó. Tornó a dormirse y tornó a despertarse. Se durmió por enésima vez y por enésima vez despertó. ¿Es que esa rutina no tendría fin? ¿Había acaso un fin?

3

En uno de esos despertares infinitos en medio de los dormires infinitos, sucedió algo nuevo. Reyes había abierto los ojos y perezosamente oteaba las aburridas paredes, cuando de pronto percibió algo. Allí, en uno de los rincones de la habitación había un libro. Asombrado por el hecho, Reyes se abalanzó sobre el objeto de tapa carmesí y lo tomó en sus manos. No soñaba, realmente era un libro. Reyes sintió su peso y observó que en la carátula sólo había dos iniciales: “RR”. Intrigado, lo abrió, y de modo ávido leyó las primeras páginas: ¡El libro hablaba de él! ¡En sus primeras hojas se narraba su nacimiento! Excitado, saltó a la página final y allí leyó el modo en que había perdido la vida en una acción del ejército colombiano ¡El libro hablaba de él! ¡Esta era su biografía! Pero ¿quién la había escrito? ¿Por qué se la habían dejado allí? ¿Para qué? Emocionado, retornó a los primeros capítulos y de un tirón leyó algo así como cien cuartillas (extrañamente, las páginas del libro no estaban numeradas). En lo que leyó, no dejó de aterrarle algo: El desconocido autor de su biografía, lo sabía todo sobre él. Todas aquellas canalladas que había cometido en su infancia, que nunca había contado a nadie y que solo él conocía, estaban allí narradas de modo minucioso, científico, haciendo gala de una objetividad atemorizante ¿Cómo era posible eso? Todos aquellos sueños y deseos más íntimos que nunca había tenido el valor de revelarle a ningún otro ser humano, estaban allí descritos con una exactitud que lo dejaba pasmado. ¿Qué era eso? ¿Cómo era posible un texto así? Por momentos, el libro recordaba eventos de su vida que hasta él mismo ya había olvidado: Todos sus fracasos, sus miserias, sus mezquindades. Todo estaba allí. ¿Cómo es que ese libro se había enterado de eso tan feo que le había hecho a su compañerito de tercero de primaria y que nunca había relatado a nadie? ¿Cómo podía describir ese acto que siempre le había avergonzado, cometido por él el 18 de Abril de 1969 a las 3:05 de la tarde y que nunca nadie tuvo la oportunidad de conocer? ¿Quién diablos era el autor de eso? Reyes leyó y leyó sin dormir (de hecho, notó que en ese lugar el sueño no venía si uno no lo deseaba). Lo interesante del libro no estaba en lo que todos sabían de él (su paso por el Partido Comunista Colombiano, su ingreso a las FARC, su patrocinio del narcotráfico, los asesinatos  y secuestros que provocó, los atentados con bombas que ordenó, su pedido de extradición por parte del Gobierno del Paraguay, los millones de dólares que el Departamento de Estado norteamericano ofrecía por su captura). No. Lo interesante del libro es que ninguno de sus pensamientos, deseos o voliciones más íntimas dejaban de ser registrados. En ese libro estaba él de modo completo. Nada se escapaba. Nada se olvidaba. Esa mujer que alguna vez había deseado y a quien nunca tuvo la oportunidad de hablarle, ese amigo que le hizo reír tanto cuando era niño y de quien luego olvidó su existencia, esa calumnia infame que alguna vez deslizó contra otro guerrillero allá en la selva y de la cual nunca se arrepintió, la primera vez que vio la Luna, el incierto dragón que soñó la madrugada del 8 de Noviembre de 1986, su actitud cobarde en una reunión de un día de verano cuando despuntaba su adolescencia…En ese libro, el omnisapiente autor había compilado todas las tristezas y alegrías de Reyes, todos sus placeres y sufrimientos, la totalidad de sus acciones brillantes y de sus días grises. Allí estaban sus actos inteligentes y sus tantas estupideces, sus momentos temerarios y los pusilánimes, los olores que le encantaban y sus más ocultas humillaciones, cada uno de los sueños que había soñado todas las noches de su vida y lo que Reyes pensaba sobre cada uno de los seres humanos que se había topado desde el día que nació hasta el día que murió, los odios que no había confesado y las fatigas que siempre guardó para sí… Todo. Allí estaba todo. Ante algunas páginas Raúl Reyes no pudo continuar y tuvo que detenerse a llorar; ante otras, estalló en carcajadas; frente a algunas líneas no podía entender cómo es que el desconocido autor comprendía su mente mejor de lo que el mismo lo había logrado en ese mismo momento que se narraba allí. Reyes leyó, leyó y leyó. En cierto instante había leído la totalidad de lo que había pensado, deseado, sentido y hecho hasta los diez años de edad. En otro momento llegó al punto de cuando tenía veinte años y se detuvo ¿Cuánto tiempo llevaba leyendo? Si a él le hubieran preguntado, hubiera tenido que aceptar que no tenía modo de distinguir entre un día y un año. Pero, volviendo al libro, lo cierto era que aun cuando él ya conocía casi todos los sucesos que en esas páginas se  relataban, no por eso dejaban de resultarle fascinantes. Era como si el autor del libro toda la vida hubiera contemplado y percibido el mundo desde el cerebro de Reyes y al mismo tiempo desde un punto de vista agudamente impersonal, era como si el escritor de esa biografía hubiera estado siempre más adentro de Reyes mismo que el mismo Reyes, pero al mismo tiempo nunca le hubiera quitado el ojo de encima observándole desde una posición privilegiada. El hombre leyó y leyó. Alcanzó sus treinta años, sus cuarenta años totalmente relatados y sin que se escapara detalle. Luego sus cincuenta y sus cincuenta y uno y sus cincuenta y dos. Después, el final de la vida comenzó a presentirse. Llegó el año dos mil, el dos mil uno, el dos mil dos, el dos mil tres, el dos mil cuatro. La excitación aumentaba. Por último, el libro refirió con pelos y señales cuanto se le había pasado a él por la cabeza sus últimos meses, sus últimos días, sus últimas horas, sus últimos segundos… Una vez Reyes concluyó la lectura del libro quedó estupefacto, anonadado, nervioso. Todo cuanto allí se escribía era absolutamente cierto, ni una sola de las aseveraciones del libro era incorrecta o siquiera inexacta, cada línea del texto era inobjetable y justa. Allí —como afirmaba el cliché— estaba “la verdad, solo la verdad y nada más que la verdad”. Un estremecimiento fatal recorrió la columna vertebral de Reyes, un miedo, cualquiera que tuviera la oportunidad de leer ese libro estaba en capacidad de juzgarlo de modo perfecto, irrefutable, contundente. Si alguien leyera este libro —pensó Reyes— yo estaría desnudo ante él. En esta cavilación se hallaba el confinado al cuarto, cuando de pronto oyó un sonido tras la pared que estaba inmediatamente frente a él ¡Sonaba como si crujieran los goznes de una puerta! ¡Cómo si se abriera una puerta! Tras unos segundos de espera en que Reyes sintió que el corazón se le estrechaba en el pecho, de súbito la pared frente a él se desvaneció y oyó una voz de un timbre indescriptible, no humana, no del orden de lo que ingenuamente los hombres denominamos “natural”:

—Salga por favor —solicitaba esa voz de peso eterno e incontestable—. Afuera lo están esperando.

  Bogotá, marzo de 2008

Imagen: Derivada de IMAG178 de bixentro

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