RELATO: La Reina del Territorio, por Adriana Alarco

abeja

La ciencia ficción (o lo fantástico en general) puede llevarnos a lo absolutamente desconocido o reflejar lo aparentemente conocido con otra luz mucho más intensa, este relato de nuestra ya habitual Adriana Alarco es sorprendente por esta razón y otras más:

Después de un momento de silencio, el parlante anunció que nos estábamos acercando al Territorio Escogido y que llegaríamos en aproximadamente 148 horas.  La nave avanzaba en su recorrido y el final del viaje se vislumbraba, según las previsiones.  Yo espero que lo peor haya pasado para entonces, ya que la situación se vuelve más angustiosa a cada  momento.

Nunca pensé que pasaría por esta experiencia aterradora. Soy un hombre valeroso. Al menos, lo he creído siempre pero esto que sucede me hace sudar sangre, tiemblo como una hoja, doy saltos, reclinado como estoy en la tarima de la Nave Panali, transportadora del Territorio Austral.

Lo que me ocurre es peor que dar batalla.  Al ver avanzar por los cielos serenos de la Tierra las naves invasoras, nos llenamos de valor y de coraje.  Nos dispusimos a pelear y nos enfrentamos a los colonizadores que llegaron del espacio.  Los esperábamos, tanto que construimos galerías y subterráneos bajo la ciudad, formando un colmenar para refugiarnos,  pero jamás pensamos que se acercarían otras naves trayendo muerte y destrucción.  La guerra fue cruel y feroz. No pudimos contra las máquinas robots, esquizofrénicas, temibles, devastadoras. Máquinas pensantes que atenazan, martillean, despiden fuego por sus tuberías.

La Reina nos alentó en todo momento y estuvo siempre al frente acuciándonos, empujándonos, levantando los ánimos. Tanto nosotros, los soldados Zagaris, como las mujeres Amazonitas peleamos con denuedo y sin descanso. El final fue rápido e imprevisto: el éxodo, el abandono del territorio por un enjambre destinado a formar una nueva colonia.  Somos nosotros ese enjambre, en viaje hacia otro planeta. Ojalá que vea nuevamente a mi amada Reina.

El dolor y el sufrimiento que me agobia es a ratos insoportable. La doctora Bejira me tranquiliza pero no es suficiente; quiero que me inyecte alguna droga.  

-Abelmosco, – me  dice tanteando mi vientre, – relájate.

¿Cómo puedo? A mi alrededor observo los pomos de vidrio con líquidos que entran o salen de mi cuerpo.  Soy un experimento y  parece que fueran a arrancarme las entrañas.  La cabeza me retumba y me late con un sonido atronador de mil tambores.  El pecho se me ahoga. Me siento morir y no veo las horas de que acabe este dolor que me nubla la mirada.  Cuando me indica que doble las rodillas, las aprieto fuertemente contra el pecho.  El techo de metal sobre la tarima es plano y sin ranuras.  Me inquieta observarme pues me veo reflejado diferente y deforme. Temo que mi cuerpo ha cambiado para peor y trato de apartar los ojos de mí mismo.

  Los otros recintos están separados por paneles y no se escucha rumor ni se siente movimiento alguno.  Hace meses que viajamos velozmente alejándonos cada vez más de la Tierra y yo deseo pensar en otra cosa pero no puedo. Me siento como si fuera un animal, y claro que lo soy, pero estoy pensante aún.  ¿Qué soy? Un súbdito Zagarí de la Reina del Territorio. Labor y Obediencia es mi lema. Las ideas se me van escapando poco a poco, diluyéndose en el aire alrededor de mi hasta que de pronto regresa este dolor insufrible, intenso,  nuevamente.

¡O, cielos despiadados!  A ratos me nublan las dudas. No estoy seguro si debí aceptar tan terrible deber, tan grave y grande honor. Aunque no es que podía escoger dadas las circunstancias. Desde que he aceptado ser parte del experimento, porque no existía otra persona disponible en ese momento, a veces me siento como una piltrafa, usada y manipulada.  Bejira me sonríe y respondo con una mueca. ¿Será ella tan villanamente capaz de clavarme un aguijón cuando termine el experimento para hacerme sucumbir?  No lo dudo.

 ─¡Nadie nos va a desterrar de nuestro hogar y pelearemos con todas las fuerzas de las que somos capaces! ─nos instó la Reina Apis, con ese increíble carácter de guerrera que le admiro.  Yo, siempre a su lado con la fe ciega que guía nuestras esperanzas de supervivencia, he  obedecido a mi líder y adalid.  Cuando bajaron de las naves las máquinas robots avanzando por el Territorio Austral, incinerando plantaciones, habitaciones, ciudades enteras, ¡qué desastre! ¡qué devastación!  ¡Y, qué valiente se  mostró mi Reina ante el ataque masivo de las máquinas extraterrestres!  Avanzó el ejército mecánico que se autoprogramaba, se autoconstruía, se autoreparaba,  produciendo desolación.  El Territorio de mi Reina se tiñó de sangre.  Las llamas de fuego incendiario se levantaron tapando el sol.

Esa mujer enérgica e implacable que comandaba el Territorio Austral, nos ha unido, empujado  y educado en medio de páramos y cumbres nevadas que desde mi niñez  han formado mi entorno y pulido mi carácter.  Para sobrevivir construimos el Colmenar.  Siempre hemos acatado sus órdenes aunque fuera necesario para ello actuar en formas nuevas y diferentes a nuestra íntima naturaleza.  Pero así damos el ejemplo y enfrentamos las pruebas  que nos adjudica. Es la única forma de sobrevivir, aún si hemos debido abandonar nuestro Territorio en  la Tierra  para formar otras colonias.  No fueron suficientes los subterráneos y galerías para protegernos.  Las huestes invasoras fueron superpoderosas y temibles.

En medio del caos espantoso y sobrecogedor,  salieron del reino primero las mujeres gestantes con los niños en una nave prevista para ellos. No sabíamos que la Reina también portaba un vástago en su entraña. Cuando se  tiñeron los cielos y no quedó piedra sobre piedra,  viajaron las guerreras para organizar el nuevo territorio en el planeta escogido. Quedamos pocos soldados Zagaris con escasas Amazonitas a la expectativa de los acontecimientos, reuniendo a los dispersos  que escaparon por los páramos y luego nos embarcamos.   Apis quedó en la Tierra recogiendo las provisiones, tratando de rechazar al enemigo con un pequeño grupo de guerreros. 

Finalmente se decidió por la cruel alternativa de dejar el Territorio en manos de los extraños invasores enemigos del espacio y sólo espero que Apis no haya sucumbido. Tengo la esperanza de que pueda haberse embarcado con los últimos sobrevivientes en la sola nave que quedó a su disposición, y de volverla a ver.  ¿Y si no fuera así? Esperamos sus noticias en cualquier momento.

 En estos días paso horas sufriendo una angustia sin nombre, en un devaneo desquiciador. Estoy perdiendo la razón. Nunca creí posible que estas cosas sucedieran. Las mujeres pueden aguantar un parto, un embarazo. Claro que a veces se mueren ellas también. Pero yo no quiero morir.  Sin embargo, la fidelidad hacia la Reina se antepone a todo. Le debo la vida y yo le entrego la mía.

Melipona, la amazonita escogida en un principio para ser la futura gestante del hijo de  Apis era la   asistente  fiel de la Reina, fuerte y muy valiente.  Ella hubiera sido una mejor madre para el vástago imperial. Todos nos conmocionamos cuando falleció.  Quedó aplastada por la compuerta, arrojada accidentalmente por la fuerza de las explosiones enemigas, al ayudar a mujeres y niños a despegar improvisamente en la nave en que viajaron los primeros terrícolas. Como no  pudo ocuparse de la gestación de su hijo, Apis me escogió a mi entre sus allegados. Aquí  estoy, sirviendo a mi Reina como  lo he hecho desde que tengo uso de razón. 

             Una nube rojísima cubrió el cielo como un hongo gigantesco y entendimos que la guerra atómica sobrevenía, nos destruiría, nos eclipsaría de este territorio que es nuestro y ha sido siempre sustento, hogar, apoyo. Los robots mecánicos se desplazaban entre las llamas como un látigo castigador, arrojando fuego y sembrando muerte. Caían desparramados los cuerpos de nuestros batallones enviados a combatir contra los colonizadores enemigos. Desfigurados, desmembrados, quemados por esa nube tóxica que se produjo al arrojar la bomba desde una de las naves invasoras, cayeron cientos, miles, innumerables vidas. 

Era el aviso de la catástrofe.   Desde lejos vislumbramos el cúmulo atómico que se iba extendiendo cada vez más, cubriendo los territorios aledaños al Imperio. Adiós, amada mía. Mi Reina, mi amor, mi todo.  Ojalá estés viva. Si no llegas al nuevo Territorio Escogido y si salgo con vida de este experimento, algún día regresaré por ti aunque deba morir en el intento. 

Yo nunca quise dejarla en el Territorio Austral devastado por la guerra, pero fue su  decisión. ¿Por qué me escogió  entre sus muchos súbditos para llevar a cabo  esta misión?  ¿Por mi fuerza, distinción y coraje? ¿Por mi actitud solícita y reverente? He sido siempre un joven fiel al Reglamento Humanitario de Biogenética.  Fuerte, sano, guerrero, varonil y lleno de entusiasmo por un futuro mejor  para nuestra comunidad.  Aunque nunca pensé que me escogiera la Reina para la supervivencia de la dinastía. ¿Fue por mi escondida inclinación y afectadas tendencias? Tampoco estoy seguro que el hijo que llevaba en su vientre fuera mío.

Según me explica Bejira, actualmente no se fecundan las mujeres como en la antigüedad porque pueden sobrevenir alergias y  rechazo al  embarazo como ha ocurrido antes y se ha desarrollado impresionantemente en los últimos años.  Ella, que se ocupa de la reproducción de la especie, me ha explicado que los mejores embriones vienen implantados en el útero y son genéticamente manipulados para que sean sanos, perfectos.  No se puede engendrar cualquier ejemplar si no está aprobado por la Comisión de la Ley Humanitaria del Territorio. Por eso, quienes sobrevivimos somos escogidos entre los mejores.  Tal vez sea esa la razón por la que llevo en mi entraña el vástago de mi amada, de esa mujer superior y maravillosa que es mi Reina y a quien debo todo, hasta la vida.

No debe terminar la tradición guerrera que se trasmite entre los seres de nuestra especie desde tiempos inmemoriales, aún si debe proseguirse en el Territorio Escogido de otro planeta.

Vimos en la pantalla cuando estalló la ciudad Colmenar con sus edificios y galerías en el Territorio Austral de la Tierra.  A causa de los destrozos producidos por la bomba atómica, la lava que brota a través de mil volcanes, sigue quemando la tierra, cubriendo nuestros hogares, abriéndose paso entre rajaduras y bocas abiertas de cavernas que se hunden hasta el interior de la tierra.  Se desplazaron las montañas produciendo abismos, se escapó la materia en fusión y se cubrieron de horror y fuego las poblaciones que no pudieron viajar en las naves de la Reina.  Felizmente se han salvado algunos especimenes, los más fuertes, los más sanos o más inteligentes, en probetas y podremos seguir reproduciéndonos en el futuro. 

 Nunca pensé que podía ocurrir lo que me sucede. He recibido en mi cuerpo tu útero gestante, mi Reina, y me alejo con el grupo selecto que has escogido para cuidar, custodiar, velar y vigilar este importante vestigio de tu gran Imperio. Espero ser digno del honor que me confieres al ayudar a continuar tu estirpe. Daré a luz a tu hijo, a este ser que espero y esperamos todos, sea genéticamente perfecto. Me afierro a las barandas a los costados y tengo la respiración jadeante.  El momento se acerca. La nave sigue su curso hacia las estrellas con la esperanza que a todos nos empuja y alienta: la supervivencia.

Sirvo así a mi hermosísima Reina Apis.  Ella lo decidió y yo obedezco a Bejira, la minuciosa, laboriosa, trabajadora doctora del Imperio.

Sólo a ratos dejo escapar un alarido. Fluidos escapan de mis interiores, estoy secretando mucosa y pronto me cortarán la piel  en el mismo lugar donde me abrieron para el transplante.  Cuando implantaron en mi  vientre el útero real, gracias a los últimos adelantos científicos, todo resultó ser un éxito. Dar a luz a un ser porque su madre no puede terminar la gestación es una experiencia impactante.  El transplante, la irrigación de venas y arterias, todo lo necesario fue hecho con precisión meticulosa y perfecta.  No pudo nacer en los laboratorios porque fueron destruidos.  Yo soy el primer experimento de un hombre que da a luz un vástago.

Entre mis muslos corre una humedad que no es semen.  Sufriendo un espasmo detrás de otro alzo la cabeza todo lo que puedo ver y observo venir, de mi vientre sangrante que no me explico aún si es realmente el mío, la cabeza de un recién nacido.  Es mi hijo… o debo decir hija.

La experiencia es sabia pero estoy más  frágil, mentalmente y físicamente. 

No sé porqué tiemblo y estoy sensible. Ya no puedo entender bien lo que soy.  ¿La Reina desea un mundo de féminas?   La duda me carcome.  ¿Los hombres estamos destinados a desaparecer?  Si fuera así no me quedaría otra salida que  morir por mi Reina.  Agacho la cabeza en señal de respeto y de obediencia. 

Bajo una brillante luz que alumbra el local, entre cánticos salmodiados y plegarias, por primera vez en una nave transportadora, un hombre ha dado a luz a una criatura.  La levantan en el aire y todos la contemplan. ¡Soy madre! ¡Qué idea tan extraña y desquiciante!

 

Ha nacido con un tajo de cesárea, sana y bella. Las hormonas que me han inyectado todos estos meses de viaje interplanetario han producido el ambiente necesario  para que el feto crezca y nazca hoy un robusto bebe, por primera vez del vientre de un hombre. Observo a los que me rodean.  Unos regresan a sus obligaciones en la nave, jubilosos por la nueva vida que ha nacido, otros se ocupan del lavado y la alimentación de la recién nacida.

Me han usado para la reproducción.  Bejira es la única mujer  joven con probabilidades de embarazo artificial que se encuentra en esta nave y no pudieron escogerla porque claramente no podía operarse a sí misma.  Tiempo atrás se descubrió que los varones también pueden procrear si no desarrollamos rechazo al transplante de úteros gestantes.

Cuando la Reina me llamó a su presencia yo era el más joven y  fuerte. Ya me habían hecho todas  las pruebas.  La supervivencia de cualquiera de nuestra especie pero sobretodo de estirpe real, está por encima de otra urgencia, necesidad o prioridad. Me escogieron como el que produciría el menor rechazo.  El bebe creció dentro de mi durante varios meses y verdaderamente, no creo que yo hubiera podido aguantar un minuto más. El cambio hormonal revuelve los interiores de mi más profundo  ser.

 ¡Me acaban de avisar que se han recibido noticias de la Nave Real Transportadora! Finalmente,  hoy, que he dado a luz, estoy feliz de saber que la Reina Apis está viajando. Delicada de salud pero con vida. Después de muchos peligros y desgracias se ha embarcado con los sobrevivientes en la última nave. Yo, Abelmosco, en estos momento estoy lleno de paz, no me siento combativo ni beligerante, más bien, un Zagarí altruista. Con las hormonas que me han inyectado, con el parto exitoso que se ha producido para mi orgullo y tranquilidad, por mi obediencia ciega y fiel, desde dentro de la nave transportadora Panali,  me proclamo ¡la primera Madre varón!  He reproducido en el espacio una nueva raza,  una nueva mujer amazona,  una criatura hermosa, sana, superior y perfecta.  ¡Qué honor dar a luz a la futura Reina del Territorio!

Se acerca Bejira con una aguja en la mano.  No me mira a los ojos y me clava el veneno.  Ya no sirvo como guerrero ni como reproductor.  Adiós,  adiós, me voy sin verla….

¡Que Viva la Reina! 

Por Adriana Alarco (www.adrianaz.it)

Imagen: bee por claire_0722

 

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