RELATO: CYBER ANGEL,POR ADRIANA ALARCO

cyber angel

En busca de un lugar para la vida que necesita con urgencia de un refugio, visitamos lejanísimos planetas.  Nos detuvimos, Mina y yo, en un sitio caluroso para revisar las planchas de energía solar de nuestra nave.  Fuimos atraídas por esa expectativa de vida que nos empuja a descubrir mundos ajenos.  Mina es mi compañera de aventuras espaciales y vamos muy de acuerdo en todo, aunque a veces es terca y muy poco realista.

Bajo una capa de humedad y niebla se encuentran árboles y bosques retorcidos, negros de agua y de lluvia, envueltos en la bruma de una noche salpicada de luces y luciérnagas.  ¿Hemos llegado al paraíso?  Bajamos de nuestra nave espacial y, después de cambiar algunas piezas,  decidimos explorar.

Este mundo nuevo y lleno de lagunas es extraño, increíble.  Nos sentimos pequeñitas en medio de tanta inmensidad y tanto verdor.  Hay vida en este planeta. La vegetación nos asfixia. Los inmensos troncos se alzan aunque no derechos, hacia el cielo.  Hemos dejado nuestro platillo volador a la orilla de un sombrío lago.  Caminamos por lugares pantanosos tratando de no hundirnos en el lodo.  Mina se ha quitado el casco.  ¡Puede respirar! La imito. Un olor acre y mohoso atraviesa los recónditos rincones de este bosque. Seguimos explorando alrededor del lago. Altas cañas se apretujan en silencio. Debe haber algún otro ser vivo en el lugar, además de los enormes insectos entre árboles, arbustos y cañaverales.  La superficie del agua, densa y oscura,  se mueve como si pululara de seres que no me atrevo a imaginar.

Un reflejo entre las sombras nos advierte que hay un movimiento.  Extraño. Alto entre las ramas retorcidas se abre paso entre las gigantescas hojas húmedas aún por el rocío, un ser delicado que parece ser una mariposa, como las que he visto retratadas. Mina me la indica con el brazo y ella también se mueve con cautela.  No queremos espantarla.  Nos abrimos paso y la seguimos.  A ratos se pierde en la bruma que rodea el lugar tan fantasmal.  Se detiene con delicadeza sobre la leve hoja de un arbusto y cierra sus alas blancas, transparentes.

Allí está ella.  Un cuerpo delicado y lánguido con cuatro alitas enormes más grandes que ella.  Se detiene. Las antenitas que lleva en la cabeza es lo único que mueve. Nos observa así como nosotros la observamos.  Tratamos de acercarnos y ella, ligera como el viento, se desplaza con delicadeza y elegancia de una hoja a otra más arriba.  No parece tan grande por su ondular.  De lejos se ve como un insecto, pero no,  estamos frente a una vida que es un ser con alas.  Tiene brazos y piernas, es de cuerpo estrecho y alargado que termina en una colita larga, con cintura angosta, cabeza redonda y lleva dos antenas.  Las alas tremolantes tan grandes que la envuelven, son todas blancas, transparentes. ¡Qué ser tan increíble!  Jamás habíamos visto cosa igual.

Queremos comunicarnos.  Mina mueve los brazos hacia la mariposa blanca, pero no la toca.  El ángel blanco abre y cierra sus alas, gigantescas para ese cuerpo tan menudo y delicado.    Entiende que no le haremos daño.  Levanta el vuelo y nos precede entre la maraña espesa.  Para ella es más fácil porque revolotea como las luciérnagas que pululan por doquier. Nosotros debemos caminar entre raíces y troncos viscosos y resbaladizos.  De rato en rato se detiene y nos espera.  Seguimos adelante.

Rodeamos la laguna y desde lejos vemos un enorme calamar que fabrica un islote sobre el agua levantando cañas y cubriéndolas con barro.  Sus tentáculos trabajan sin cesar.  Es un Calamar Arquitecto, me explica Mina.  Nunca había tenido el placer de ver uno de cerca.  Es un animal extraño.  Aparte de la mariposa y las luciérnagas, es el único ser no vegetal que hemos visto en este mundo.  Y el más grande.  Mejor caminar sobre la hierba.  El rumor de zumbidos se acrecienta y nos indica que otros seres habitan tan extraño mundo.

La Ninfa nos precede en el claro que trepida, vibra y se menea en vorágines y remolinos. Nos asombramos de la cantidad de mariposas que encontramos en el aire.  Casi todas blancas pero también azules y amarillas y de otros colores fascinantes. Tan ágiles, tan elegantes, tan armoniosas que no dejamos de admirar sus movimientos.

¡Parecen ángeles! Contemplamos el espectáculo en medio de una selva inmensa y desconocida.  Nuestra guía nos acerca a la orilla de la laguna turbia, bajo cuyas aguas se mueven oscuros seres que trepidan.  Más calamares arquitectos.

Vemos con asombro que en la superficie del agua se agitan tentáculos gigantes. De pronto  escucho un grito espantado.  Mina está envuelta en los brazos viscosos de un calamar transparente.  Me acerco y se enrolla otro alrededor mío.  Ojos inmensos nos miran desde unos cuerpos ovalados mientras el agua se va tiñendo de negro con la tinta que despiden.  Quedamos paralizadas de temor.  Mientras las ninfas revolotean curiosas a nuestro alrededor, nosotros luchamos contra los fuertes brazos de las sepias gigantes que nos envuelven y cargan por el aire. ¿Querrán alimentarse con nosotros?  Pero no. Me libero apuntando hacia  el animal con el rayo paralizador.  Mi amiga hace lo mismo con un estremecimiento de pavor.  Nos retiramos rápidamente del fondo pantanoso.

A un cierto momento, varias ninfas nos levantan y colocan con delicadeza en medio del islote fabricado y nos empujan en medio de esa laguna oscura, inquietante y brumosa.  Enormes mariposas vuelan a nuestro alrededor zumbando y dando órdenes a los gigantes calamares arquitectos que se hunden en el fango.  En un lado del islote vemos una pirámide de bolitas de barro.  Las ninfas siguen fabricándolas, rodándolas entre las manos, conversando en idioma incomprensible y moviendo sus antenas.

Ojos nos observan desde el rededor de aquella fértil laguna que esconde seres que no conocemos. ¿Qué esperan de nosotros? No les hemos hecho daño.  Entendemos que este mundo que hemos venido a explorar, nos está estudiando.  Somos frágiles pero nos defenderemos.  Tengo preparado mi rayo paralizador y mi cuchillo.  Mina hace lo propio. No los usaremos a menos que sea indispensable.  Estamos a la expectativa y a la espera.

Nos abrazamos pensando que si nos devoran, será nuestro postrer adiós. Aquí estamos, en un paraíso de verdor, flotando en medio de la inmensidad gris de un ambiente húmedo, en una isla de caña y barro, observados y examinados por seres que parecen ángeles.  No podemos nadar.  Apenas nos acercamos al borde del islote flotante, tentáculos fuertes nos vuelven a arrimar hacia el centro del lugar. ¿Vendrá alguien a rescatarnos?

Esperamos que así sea.  Desde allí, lanzamos un llamado de auxilio a nuestro Centro de Operaciones describiendo el lugar en que nos encontramos.  Las ninfas vuelan siempre alrededor y no nos hacen faltar las bolitas de lodo con las que suponen, nos alimentamos.  Hemos tratado de cortar el brazo a un calamar pero la sepia nos arroja tinta hacia los ojos.  No es muy agradable, ahora que nos hemos quitado el casco y la ropa que nos cubre, pero así es como se defienden.  Decidimos recoger la tinta que ellos nos arrojan, dentro de una caña, y beberla. Minuto a minuto nos fortalecemos después de la debilidad que  sobrevino al darnos cuenta que nos encontramos prisioneras de ángeles, luciérnagas y sepias.

Al pasar bajo un árbol que dobla su tronco hacia el agua, flotando en el islote hecho de caña por una sepia, cortamos una rama y la usamos de remo.  Debemos salir de este percance.  No hemos estudiado de astronautas para ser luego estudiadas por calamares e insectos.  Las mariposas blancas vuelan alrededor continuamente y observan todos nuestros movimientos.  No son agresivas.  Pienso que quieren conservarnos sin hacernos daño.

Hemos visto que hay otros seres dentro del agua pero no es fácil pescarlos porque se desplazan en profundidad.  Una cabeza de pez gato con largos bigotes y filamentos, de cuerpo arrugado y escamoso, asoma a ratos la cabeza enorme y nos mira con ojillos perplejos, siempre abiertos.  Es de un tamaño gigantesco y a pesar de ello, ágil y veloz. Queremos pegarle con la rama pero no hemos podido darle un golpe ni una sola vez.  Nos vienen deseos de comer pescado en vez de las pastillas que traemos y que se están terminando o de esas bolas de barro mineral.

En un momento nos enganchamos a un arbusto y con fuerza y energía saltamos libres a la orilla de aquella laguna oscura y peligrosa. Tratamos de correr por esa selva, lejos del agua, seguidas por turbas de ángeles o ninfas que abren y cierran sus alas blancas delante de los ojos tratando de hacernos regresar.

Súbitamente siento un impulso que me levanta a volar con ellas.  Con los brazos levantados, varias mariposas juntas me sujetan con delicadeza, envolviéndome con sus antenas y alzamos vuelo.  ¡Qué maravilla! ¡Qué espectáculo infinito es este paraíso!

En lo profundo de esa selva inmensa encuentro la delicia de flotar en medio de bajas nubes de vapor caliente, rodeada de alas delicadas.  Las mariposas surcan espacios como ángeles y me llevan cruzando bosques, admirando profundidades abismales y cielos abiertos desde lo alto de un amanecer angelical.  Si caigo me envolverán los viscosos tentáculos del glutinoso molusco transparente.  Sin embargo, no pienso.  No quiero reunir mis pensamientos y desligarme de esta mágica experiencia.  Mina, cerca a mí, flota ella también por el espacio en un ondular de formas vibrantes y trémulas que se revuelven entre los altos cañaverales de la orilla oscura.

Finalmente, me separo de los ángeles.  Decidimos regresar a casa.  No podemos quedarnos en este mundo que atrae y que no es nuestro, alimentándome de barro.  Resbalamos por largas caña y afirmamos las botas sobre el lodo húmedo del piso.  En medio de la bruma, saltamos sobre troncos, desplazamos ramas y corremos hacia nuestro platillo volador.  Felizmente está todo en orden.  Oímos el parlante que nos llama desde la Central.

“¿Todo bien? ¿Qué tal el paraíso? ¿Encontraron cyber ángeles? Regresen y traigan algún ser para el laboratorio.  Queremos ir a inspeccionar todo el lugar.”

Emprendemos la marcha de regreso.   Sonreímos y nos elevamos dejando abajo un mundo sobrenatural, lleno de seres que se comunican y tratan de comunicarse con nosotros.  A pesar de esta verdad, no creo que regresaremos nunca más a este paraíso de reminiscencias angelicales y remotas.  Si llegaran a enterarse en la Central, probablemente  nuestros compañeros aterricen intempestivamente con redes para cazar luciérnagas y mariposas y arpones para pescar peces gato y calamares arquitectos.

Luchamos entre el deber de informar nuestro descubrimiento y el íntimo deseo de conservar, defender y proteger un lugar incontaminado en la galaxia.   ¿Guardaremos el secreto para siempre?  ¿Los ángeles nos sobrevivirán si perece nuestro mundo?  No explicamos nada por el altoparlante.  Hemos decidido que no traeremos a los conquistadores del espacio a este mundo celestial.  ¡Adiós al paraíso!  ¡Hasta que otros aventureros lo descubran!

Por Adriana Alarco

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