Relato: Mi casa en el árbol, por Adriana Alarco

Baobab sunset, Botswana 

La casa crecía mientras se elevaba el árbol.  El invento transgenético producía viviendas: una habitación dentro del árbol.  Con este experimento moderno,  la planta se desarrollaba alrededor de un globo de material genético que se inflaba adentro de ella. Al crecer y llegar al tamaño requerido, se desinflaba el globo dejando una habitación en medio del árbol. Así crecían las casas en el bosque.

 Se entraba a la vivienda por en medio de las raíces, a un espacio  que se podía dividir y adornar al gusto del inquilino. Era notable la nueva invención de producir  casas que se fabricaban solas al abrirse un vacío dentro de los árboles. 

Cuando fue suficiente el espacio dentro de nuestro árbol, el globo de material genético se desinfló y quedó un lugar espacioso rodeado por las paredes internas del tronco.  Podía decorarse y llenarse de muebles  y de tecnología…

¿Qué más se podía desear? ¡Tener casa propia sin usar acero  ni mano de obra!  ¡Una maravilla de la ciencia moderna!

Era la primera casa de la colonia Bosquejo, enérgica y vital. La energía que la planta absorbía del terreno se iba difundiendo por las paredes cóncavas y se podía utilizar. Las tuberías bajaban llevando agua de lluvia desde la cisterna.   Apenas estuvo lista, me mudé a la nueva casa con mis hijos Pastor y Juglar. Instalé muebles desarmables y  máquinas. Los niños saltaban felices rascando las paredes de la nueva vivienda y durmieron arrullados por los sonidos del bosque. 

Poco tiempo después, los chillidos aterrados de mis hijos me sobresaltaron una tarde.  Observé con espanto que estaban atorados en las paredes internas del árbol.  Se suponía que no debía crecer más pero estaba aumentando su volumen hacia adentro a ojos vistas, rellenando el vacío.  Los cuerpos de Pastor y Juglar podían desaparecer tragados por el árbol.  ¿La casa del bosque necesitaba alimento genético para crecer?    No podía ni pensar  y estaba perdiendo la cordura. Con horror vi que no podía despegarlos de la pared que los abrazaba.  Desesperado, cogí un machete, corté la madera alrededor de Pastor y lo desprendí del encierro. Juglar me miraba suplicante, con la boca abierta y sin poder gritar, atorado en su infame prisión vegetal. Finalmente, a hachazos pude librarlo del árbol que tragaba gente.

Nunca más regresamos a la colonia transgenética del planeta. Construimos nuestra casa de acero, cemento y vidrio en la ciudad más bulliciosa y desterramos todo lo que nos hiciera recordar al árbol tragón, de Bosquejo, su madera, el papel y hasta los libros donde antiguamente se leía lo que hoy se ve en la pantalla.  Tampoco comemos verduras ni legumbres. Actualmente nos alimentamos sólo de pastillas vitamínicas y de bebidas químicas.

Mis hijos crecerán rodeados de tecnología, sin visitar bosques genéticos y yo tengo la esperanza de sobrevivir saludable por el resto de mis días, aún sin la belleza de la naturaleza, tan malograda por el hombre, últimamente.

por Adriana Alarco de Zadra

Imagen: Baobab sunset, Botswana por Derek Keats

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