Relato: El Nuevo Aleph, por Yelinna Pulliti

black hole

He visto el infinito convertido en senoide. Me precipito desde la nada hacia la materia, me fundo y me convierto en radiación subcuántica.

Veo y escucho en todos los colores del espectro, del rojo al violeta, también en infrarrojo, ultravioleta y gamma. Percibo la atracción y repulsión magnética, rítmica, armónica. Me muevo con la música del horizonte bajo un cielo plateado con nubes de color rosa.

Es semejante al sueño de un opiómano, pero más placentero y más prolongado.

Las partículas de mi pensamiento vuelan y se dispersan, las veo brillar antes de disolverse en el aire. Mi cuerpo pierde su forma, se hace uno con el horizonte ilimitado, luego vuelve a ser tangible.

Veo pasar ante mí criaturas de seis dimensiones, cruzan este paisaje de calidoscopio adelantando a la luz de la que surgieron. El Espacio cobra densidad de repente, se vuelve semejante a agua espesa y oscura. Puedo lamerlo y probarlo. Sabe a hidrógeno sólido.

Ciudades imposibles se alzan frente a mí y vuelven a caer, de sus ruinas surgen entidades sin constitución.

Es la galería de Escher cobrando vida y torciéndose como una cinta de Moebius, es la paradoja de Russell resuelta sin apelar a ninguna restricción del pensamiento.

Me llena de júbilo el ver aquello que desató mi imaginación hace años tomar forma y presentarme sus respetos.

 

Los recuerdos se vuelven hechos otra vez, mi imaginación estremece la atmósfera. Puedo revivir toda mi historia a capricho de mi voluntad. Puedo hacer un repaso de lo que me trajo hasta aquí y, dado que ya es imposible regresar, intentar darme un poco de comprensión.

 

Explorábamos esta región del Universo buscando, para la Humanidad, un refugio. El Planeta Madre colapsó hace siglos y nuestra especie, desesperada por sobrevivir, abandonó el que fuera su hogar y se aventuró al espacio exterior. Viajábamos casi a la velocidad de la luz, a casi el límite permitido por las leyes físicas y nuestra tecnología. La esperanza nos daba una paciencia tan grande como el vacío que nos rodeaba, o al menos eso queríamos creer. Nos acercamos a cientos de estrellas buscando planetas que fueran adecuados para nosotros, pero no hallamos ninguno. O su temperatura no era la adecuada, o su gravedad era aplastante, o sólo eran esferas de gas sin ninguna superficie sólida.

 

Hace varias décadas encontramos un planeta que parecía prometedor, era posible terraformarlo. Mas entonces se dio la alarma: su estrella sol era una variable cuyo periodo se contaba en pocos años. Estaba por empezar otro ciclo de calentamiento y brillo deslumbrante. Vimos cómo calcinaba el pequeño planeta, y nuestros sueños con él. Fue un golpe terrible. Aún hay quien piensa que nuestro destino es vagar entre las estrellas por el resto de la Eternidad.

 

Mis palabras cobran vida ante mí, se hacen corpóreas. Estoy en un espacio o volumen donde no hay ley ni orden, donde no existe ni física, ni química, ni lógica. La entropía fluctúa completamente al azar, rocas cristalinas rotan ganando velocidad, un péndulo silíceo, que cuelga del firmamento, se mece aumentando su amplitud.

Donde no hay pasado, yo quiero colocar el mío, soy lo único coherente que existe en este lugar.

 

Hubo un grupo de nosotros que, cansados tras el fracaso en hallar un planeta acorde a nuestras necesidades, decidimos ir a la búsqueda de agujeros negros. Nos sustentábamos en las teorías de varios científicos que especulaban que era posible edificar una civilización en torno a una estrella colapsada bajo su propia gravedad. Dijeron que era posible extraer energía del momento angular del agujero, dijeron que era posible aprovechar la radiación emitida por la materia que cae en él. Sus cálculos indicaban que un agujero negro podía durar tanto como el Universo y que puede ser usado como una central de energía nuclear, su combustible serían los desechos de la civilización que decidiera aprovecharlo.

Alargaríamos nuestra existencia indefinidamente.

Lo importante para una civilización de cualquier tipo es obtener energía para seguir subsistiendo. Los materiales para construir nuestras viviendas y nuestras fábricas nos los darían nuestras propias naves, y las materias primas las obtendríamos de las nebulosas, como siempre hicimos desde que empezó nuestro viaje. En el caso extremo en que no halláramos nada útil, sólo nos basta el hidrógeno, el cual abunda en el Universo. A partir de este elemento, el más ligero que existe, y empleando nuestras avanzadas técnicas de fisión nuclear, podríamos sintetizar lo que deseáramos. Un agujero negro era prometedor, ya en lugar de arrastrar con nosotros los recuerdos de nuestro antiguo hogar, empezaríamos una vida nueva.

 

Me acerqué demasiado y me tragó.

No hay salida del interior de un agujero negro. Dije que era prometedor, pero también es muy riesgoso. Su tamaño es muy pequeño, pero su poder es aterrador. No supe que había entrado en sus dominios hasta que no pude alejar mi nave de él. Me arrastró hacia su centro, condenándome no a vivir, sino a existir en sus entrañas.

Vi la singularidad, esa región del Espacio-Tiempo donde todas las leyes físicas son aniquiladas. Brillaba tragándose la luz y creando formas inconcebibles para una inteligencia amarrada al transcurrir usual del Tiempo en el resto del Universo.

Me quitó mi cuerpo, me arrancó mi humanidad y los redujo a ruido acústico y visual. De mí sólo quedo mi conciencia, atada al tejido retorcido en este rincón de la singularidad. Cada millón de eones o nanosegundos, en este lugar el Tiempo pierde por completo su sentido, puedo volver a recuperar mi forma, casi vuelvo a ser humano, mas cuando intento evitar mi propia dispersión, me disuelvo, mi propia mente se deshace con las partículas de radiación, y me sujeto a los fotones, para no perder lo poco que me queda.

El pensamiento, al igual que la singularidad, no está atado a ninguna ley. Es quizá por ello que la destrucción de la física no me lo ha quitado.

Me he vuelto espíritu o esencia. Dejo a los teólogos indagar sobre lo que queda de un ser humano una vez que se le ha arrebatado el cuerpo. Yo sé ahora que sólo queda Eternidad.

 

Percibo líneas paralelas que se unen en torno a mí, hay dos soles que giran sin parar, producen un sonido agudo, el sonido del tejido del Espacio al ser tensado.

Sólo necesito imaginar algo para ver su fantasma emerger y luego perderse. Tocando suavemente los electrones que yacen junto a mí, puedo alterar completamente la no causalidad.

 

Nada puede salir de un agujero negro, repito, la vía es de un solo sentido. Todo es absorbido a él, especialmente la luz, la cual cruza el Universo de lado a lado, llevando y trayendo información de cada extremo del cosmos, desde que éste permitió su paso a través del gas hirviente que dio origen a todo. Así, en este lugar carente de Tiempo y Lógica, he visto el pasado y el futuro a la vez.

La Humanidad ya pereció.

Languideció lentamente en su búsqueda de un nuevo hogar. Viajó durante millones de años entre los fríos espacios interestelares sin encontrar nada adecuado para su raza decadente. Se extinguió y sus fragmentos ya no existen.

Las galaxias se alejaron, el tejido del Espacio se rasgó y todo fue reducido a la Nada.

La he visto, sus bordes rotos atraviesan las dimensiones.

Mas como todo es tragado por el agujero negro, también he escuchado la Voz del Universo y de sus criaturas. Llegó hasta mí entendible, ordenada, orquestada. Escuché, vibrando en la energía que llena el vacío, los lamentos de la Humanidad moribunda, y los gritos de nuevas razas que florecían en otras galaxias. Supe de nacimientos y guerras, felicidad y dolor. Lo sentí todo y llenó mi conciencia, recogí todo el conocimiento acumulado desde el Big Bang, concebí el Infinito y el tamaño de un punto matemático.

Porque ése es el volumen real que ocupa la singularidad, el de un punto matemático, al borde mismo de la inexistencia.

Lo percibí todo durante una vida cuya duración no tiene importancia.

El Universo ha muerto, dentro de él sólo quedan los agujeros negros recolectando sus restos ¿quién leerá en su interior? ¿De qué sirve toda esta sabiduría acumulada con tanto esfuerzo?

¿Acaso Dios es el único con derecho de mirar a donde nadie más puede?

¿Quién es Dios quien todo lo sabe y quien todo lo puede? ¿Por qué dejó morir a toda su Creación?

¿Por qué dejó que yo acumulara todo su saber?

¿Qué intenciones tenía al dejar que todo pereciera en el frío y la oscuridad?

 

He sentido la ruptura del Universo, he sentido en mis fibras compuestas de Incertidumbre a su materia decaer y convertirse en radiación, la que luego se disipó y desapareció.

He concebido todo lo concebible y aún más. Mi mente, no atada a las limitaciones de un cerebro primate, no atada a ley alguna, empieza a llenar a la singularidad, la hago mía, me uno a su anarquía.

Mi intelecto se vuelve ilimitado.

 

El horizonte de sucesos, esa frontera en la que nada escapa de un agujero negro, va disminuyendo a medida que el Universo continúa envejeciendo. Mientras tanto, he descubierto algunos detalles interesantes aquí adentro. Puedo decir que, llegado a este nivel de entendimiento y dominio, yo soy la Singularidad. Después de mucho meditar y mover fotones, crear y destruir materia y antimateria, he llegado a manipularla acorde a mis deseos. Puedo crear energía de ninguna parte. Puedo crear orden allí donde sólo había distorsión y entropía.

Si no hay leyes aquí, yo las impondré.

 Así como Dios lo ve y lo sabe todo, yo desde mi posición lo veo y lo sé todo.

Toda la información es mía, y soy consciente de ella.

Aquí en mi agujero negro, yo soy Dios.

Con mi pensamiento, puedo hacer que la singularidad sobrepase sus límites, puedo hacerla surgir al Universo y llenarlo de mi propio ser.

¿Es por esto que Dios creó a las especies inteligentes y a las regiones sin ley? ¿Para poder crear un sucesor?

En ese caso soy Dios y reclamo la potestad sobre su Obra.

 Desde el otro lado, esto encogerá el Espacio-Tiempo y lo hará crujir, luego estallará.

Por Yelinna Pulliti Carrasco

imagen: Space Telescopes Reveal Secrets of Turbulent Black Hole, por NASA Goddard Photo and Video

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