Relato: Amor Paternal, por Erath Juárez

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AMOR PATERNAL

¿Hasta dónde puede llegar el amor de padre? ¿será cierto aquel adagio que suele decir que: “el amor va más allá de la muerte? Este relato, enmarcado dentro de la inexplicablemente popular temática de los Zombies, explora esta pregunta.

Mikel apagó el cigarrillo con la mesa metálica después de darle el último jalón. El humo que salió por su boca volvió a ser aspirado por la nariz y luego sacado formando una dona grisácea que se estrelló en la cara del interrogado.

—Con una mierda ¿Puede decirme en que hijo de la gran puta estaba pensando? —estalló Mikel.

Quien se encontraba atado a la silla ni se inmutó, ni siquiera después del puñetazo sobre la mesa. Su bata de trabajo se encontraba manchada de sangre seca. Los ojos estaban casi cerrados por los pómulos hinchados a causa de  los golpes

—¡Un escándalo! ¡Un puto escándalo! —gritó Mikel y se puso de pie para acercarle la cara a tan solo unos centímetros.

Él, lo miró directo a los ojos. Abrió la boca como queriendo decir algo, pero en lugar de eso agachó la cabeza. Antes de que sonara otro golpe en la mesa o se estampara el puño de Mikel en su cara otra vez, dijo:

—Eso hubiera sido, de no ser a que le puse fin. ¿Quién hubiera permitido algo así? ¿En qué estaba pensando?—dijo casi para sí mismo.

—No, nadie en su sano juicio. Por eso me sorprende tanto que alguien como usted, con su conocimiento, con esa carrera en las ciencias —Mikel volvió a tomar asiento e intentó calmarse un poco.

—Aún así, no cambiaría nada de lo que hice —interrumpió.

—Se supone que su trabajo era salvar vidas ¿por qué lo hizo?

—Simple, me cansé de los vivos, dígame ¿quién ha hecho algo por los muertos?

—Debemos morir, es la ley de la vida.

—¿Qué hay de aquellos que se fueron sin decir adiós, los que no merecían morir, los que amamos tanto?

—Doctor, sabe muy bien que los que regresan no son iguales, nunca serán lo que fueron. Carajo, son unos monstruos.

—¿Qué hicieron con ellos?

—Los regresamos al otro mundo, Doctor. Como debe de ser.

—Mi hija, ella estaba bien. Los demás eran resultado de experimentos fallidos, pero ella, ella era como nosotros. No tenían derecho…

—¿Bien? No había ninguna diferencia. La mirada perdida, la piel morada, el olor a podrido. La decapitamos como a los otros.

El Doctor intentó deshacerse de las cuerdas, balbuceó y por último, al ver que era inútil su intento, escupió la cara de Mikel.

Mikel se contuvo, limpió su cara con la manga de su uniforme.

—¿Qué le hace pensar que ella estaba bien? No cabe duda de que ya perdió la razón, pero si piensa que eso lo va a ayudar, está equivocado, nada lo va a salvar de su propia muerte y no habrá otro científico tan loco como usted para regresarlo.

—Con ella usé otra fórmula, era diferente.

—¿Cómo diferente?

—Podía comunicarse conmigo, no mediante palabras, pero escribía. Nada de su inteligencia se perdió al morir, me contó bastantes cosas, de lo que sucede después de la muerte, hacia dónde vamos, nuestro destino. Se encontró con su madre y otras personas, gente importante con grandes secretos.

—Doctor ¿se da cuenta de la mierda que está diciendo?  Nada de lo que diga lo va a salvar, así que ahórrese todos esos cuentos baratos. Dígame dónde coño guardó la fórmula, si esconde más muertitos en otro lugar y entonces, usted mismo irá a visitar a su hija y a la puta que la parió ¿Entendió?

—Estoy seguro de que hay alguna persona muerta a la que le gustaría tener de vuelta, si me deja en libertad, la devolveré la vida y entonces comprenderá que lo que he hecho, tiene un propósito que es ayudar a la humanidad.

—Fíjese que sí, me encantaría hablar con Jim Morrison o John Lennon, o hasta con Ronnie James Dio. ¡Se está acabando mi paciencia! —Mikel volvió a golpear la mesa. —Esa fórmula en las manos equivocadas sólo traería perdición Doctor. Si de verdad quería a su hija, dígame dónde está.

—¿Quién me garantiza que ustedes no la usarán para lo mismo que no quieren que caiga en manos de sus enemigos?

Mikel, ya estaba cansado, tres horas sin avanzar nada. Podría tratar torturarlo con más dolor para conseguirlo, como empezar a cortarle los dedos, pero se daba cuenta de que nada haría hablar al Doctor. O quizá, sí. Debajo de la silla tenía un buen martillo, unas tijeras de jardinero y por si acaso, la sierra eléctrica. Miró su reloj, calculó que si se apuraba en menos de una hora acabaría.

—Doctor, no quería llegar a esto. Pero dadas las circunstancias…

Mikel salió del cuarto bañado en sudor. Sólo había tenido que romper una rodilla y cortar tres dedos. Afuera lo esperaban los oficiales que tan solo puso un pie afuera del cuarto, ya se frotaban las manos de la impaciencia.

—Abajo en el sótano, hay una trampilla debajo de un librero. Ahí esconde la fórmula —dijo Mikel, mientras se secaba el sudor y se limpiaba la sangre de las manos.

Unos soldados corrieron a buscar la fórmula a la señal del General.

—¿Hay más de esos monstruos? —el General se acercó a una distancia que solo Mikel pudiera escucharlo.

—Ninguno, acabamos con todos.

—Perfecto, entonces tan pronto salgamos del edificio, quemen todo, que no quede en pie ni un ladrillo ¿entendido?

—Sí, mi General y ¿qué hacemos con el Doctor?

—¿Cuál Doctor?— Miró a Mikel que enseguida captó la orden. ­—Sargento Mikel, puede tomarse unos días de descanso, se lo merece.

—Gracias, General. Descansar…eso espero.

***

Llegó a su casa y la luz del cuarto de arriba se encontraba encendida, sacó su arma de inmediato. Miró por todos lados y se aseguró que no hubiera nada ni nadie. Su respiración empezó a agitarse.

Abrió la puerta, todo estaba en orden.

—¿Isa?¿Estás despierta princesa?

No recibió respuesta.

Seguramente seguirá dormida, pensó.

Recordó la noche que decapitó a la hija del Doctor y sintió miedo.

—¿Isa, hija, estás despierta?

Subió las escaleras a toda prisa, con el arma apuntando hacia todos lados, su corazón palpitaba al ritmo que repetía su nombre. Isa, Isa, Isa…

Abrió la recámara de su cuarto, nada parecía raro, ahí seguía ella, tal y como la dejó horas atrás. Guardó el arma y se calmó poco a poco. Se acercó a la cama y se sentó en la orilla. Acarició su pelo, seguía dormida. Se fijó en su pecho cubierto por las sábanas y su rostro se encrespó al ver que no respiraba, pero en ese momento Isa abrió un ojo.

—Isa, mi princesa —la abrazó con cuidado.

Isa lo miraba con extrañeza. Quiso decir algo, pero no salió ni una palabra de su boca.

—Permíteme —dijo Mikel.

De un cajón sacó una libreta y unos lápices.

—Escribe aquí —se los puso en la mano.

Isa, se incorporó poco a poco y quedó sentada, empezó a escribir con rapidez, al hacerlo sus huesos crujían como hojas secas. Luego le devolvió la libreta para que leyera. Las palabras estaban garabateadas, pero podían leerse más o menos bien.

“Papá, por qué los has hecho”.

—¿Por qué? Pues porque te amo más que a nada en el mundo, porque te necesitaba, porque necesitaba decirte tantas cosas —dijo.

La niña con señas pidió la libreta de vuelta. Mikel se la entregó mientras se secaba las lágrimas.

Volvió a escribir, se escuchó como si se hubiera roto el lápiz, pero había sido uno de sus dedos. Arrancó la hoja y se la dio a su padre.

“El Doctor dijo que sabía que regresaría y me dio un mensaje para ti”

Mikel, hizo una bola con el papel y la tiró lejos. Miró a su hija que lo observaba con el único ojo que le quedó después del accidente que le quitara la mitad de la cara. Él se quedó de pie como estatua, sin que le pudiera responder ni una parte de su cuerpo, a pesar que su cerebro le decía que sacara su arma y le volara la otra mitad de la cabeza a su hija. Isa, garabateó.

“Acércate”

Mikel cayó de rodillas. Sabía lo que seguía.

Isa, garabateó una vez más. Se escuchó otro crujir de dedos. Aventó la libreta para que su padre pudiera leer el mensaje del Doctor, luego le enterró el lápiz en el ojo. Mikel cayó hacia atrás, retorciéndose y gritando de dolor. Lo último que pudo sentir fue a Isa caerle encima y la mordida que le arrancó parte del cuello. El mensaje decía:

Bienvenido al más allá

Por: Erath Juárez Hernández

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