Reseña: El Nombre del mundo es Bosque

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En una nota anterior, había señalado el papel de la crisis como fuente de reflexión, y esto es pertinente si lo aplicamos a vientos como los actuales en el Perú (y en otras partes), de convulsión social emergente, de disputas por temas de respeto al ambiente y amenazas a la supervivencia de las personas en su entorno, de convulsión social y el diálogo de sordos (motivado por intereses particulares o, peor aun, por actores imbéciles) que escala en todas partes: desde una feria gastronómica en un parque hasta un multimillonario proyecto minero, llevándonos hacia quizás la inevitable confrontación, preñada de violencia destructiva.

Dentro del universo Hainiano de creación de la Notable Ursula K. LeGuin donde también podemos encontrar, entre otras obras «Los desposeidos» que ya ha sido comentada anteriormente, «El nombre del mundo es bosque» es quizás un título menor, que quizás no tenga la trascendencia o relevancia de otras obras, pero que posee, pese a su corta extensión, una profunda riqueza especulativa y de significados y que quizás nos pueda ofrecer algunas revelaciones respecto de los conflictos que nos afectan en los tiempos actuales.

Moviendo un poco el escenario, nos percatamos que el planeta Nueva Tahití donde se escenifica la historia, se encuentra repleto de densamente poblados bosques maderables, codiciada fuente de recursos para una Tierra ya totalmente depredada podría representar por analogía, alguno de los terrenos actuales de conflicto. Por ejemplo, si quisiéramos buscar en la historia más o menos reciente del Perú alguna relación con el escenario planteado en la novela, podríamos hallarlo sin dificultad en el nefasto «boom» del caucho a principios del siglo XX y que incalculables daños al ambiente y a las vidas de los nativos que fueron esclavizados por los «barones» caucheros.

Como el caso anterior, se pueden hallar en nuestra historia nacional y en la historia mundial en general situaciones como estas: la «civilización» urgida por la posesión o uso de un recurso natural, asalta un ecosistema ajeno y a sus habitantes y establece una cadena de explotación y dominio que, una vez agotado el recurso, deja poco o nada en pie, consumado el daño, los explotadores se trasladan, condenando a la muerte (lenta o rápida, da igual) a los habitantes de la zona afectada. En este proceso, se establecen rituales, costumbres, regulaciones que dan la apariencia de «nivelar el campo de juego»: algunos políticos o empresarios hablarán de «inclusión» o de «llevar la civilización a aquellos lugares olvidados» con tonos llenos de demagogia y etnocéntrismo.

Frente a esta posición maximalista, la autora, manejando con extraordinaria destreza la construcción de personajes nos plantea una confrontación de cosmovisones: la del capitán Don Davidson, convencido de su propia superioridad y pagado de sí mismo y el habitante nativo Selver del Nogal, quien ha visto destruído su hogar, ultrajada a su compañera, siendo finalmente tomado como esclavo por los humanos y constantemente humillado (es notorio el uso despectivo del término «crichí» hacia los de su especie), se constituye en un caso raro, al haber reaccionado violentamente contra sus agresores, cosa que el resto de sus cogéneres se había negado a hacer pese a estar siendo atacados por los humanos, es de la mano de estos dos personajes y su particular e irreductible contradicción que los sucesos de la novela se desenvuelven. Pasando por otros personajes interesantes como el investigador Raj Lyubov, único interesado en conocer realmente a los habitantes del bosque y que los ve como algo más que esclavos o mascotas y varios otros oficiales de la base de ocupación humana, que parecen manifestar una preocupación legítima acerca de los efectos de su depredación, que ya están comenzando a notarse, causan sobre el planeta.

Pese a esto (y en clásico caso de disonancia cognoscitiva) la explotación se mantiene y se hacen planes para seguir expandiendo la ocupación humana, importando personas (en el caso de los tiempos de la novela, mujeres.) para expandir la ocupación, lo cual nos acerca a la conflicto central de la historia: el alzamiento de los habitantes de Atshe (en su lengua nativa) contra los humanos ocupantes. Es en estas circunstancias que el papel de Selver como adalid del movimiento resulta cabal y central en las acciones de represalia y destrucción emprendidas contra los invasores humanos.

Sin embargo, hablar sólo de los temas y de las contradicciones manifestadas en la historia sería insuficiente sobre todo si obviamos abordar la brillante construcción de la forma de vida de los habitantes del bosque: organizados respecto de una estructura de clanes matriarcales, es notoria la simbiosis adaptativa que esta forma de vida presenta y que se expresa en sus rituales y en su lenguaje (para empezar: «atshe» es la palabra que en el lenguaje de estos significa «mundo» y «bosque», concepción que muy probablemente se pudiera encontrar con ciertas analogías, en el imaginario cultural de varias tribus amazónicas) centrado en el bosque como entorno vital y en su concepción dual del tiempo: el tiempo-mundo, que nosotros llamaríamos «realidad» y el tiempo-sueño, que no conoce analogía en la concepción humana (es de hecho, notoria la forma en que Selver encuentra inconcebible el reino del caos que somos mientras soñamos) salvo como quizás un estado de sueño consciente y continuo.

En este punto, la autora logra con creces proponer una forma de concebir al mundo diametralmente opuesta -y a pesar de ello, suficientemente cercana- a la humana, los habitantes del bosque parecen discurrir por el tiempo en una sucesión de estados, donde son «poseídos» por un cierto leit motiv y cuando uno de ellos se erige en creador de un sueño poderoso, o una visión, los demás habitantes del bosque, encabezados por los «soñadores» (chamanes) de cada clan, acceden a compartir este sueño y lo convierten en un «Dios», en esto la autora consigue una definición cuasi-académica de la deidad.

Otro elemento interesante a mencionar es la aparición del «ansible» dispositivo de comunicación interestelar inmediato (como se mencionó en el comentario anterior sobre «Los desposeidos») que altera la organización política de las diversas ocupaciones humanas, estableciendo directivas y limitando la libertad de acción de los representantes locales (como la consabida frase imperial británica: confía en el hombre en el sitio) y cuya intervención se ve claramente limitada por las acciones de los personajes y la ferocidad de los nativos locales, lanzados ya hacia una ofensiva decisiva.

En suma, una historia potente en su contenido y brevedad (fue ganadora del premio Hugo a mejor novela corta en 1973) que nos muestra, desde una perspectiva integradora y objetiva los desencuentros entre culturas y nos ofrece a los lectores, una lección acerca de los peligros de la intolerancia y una ventana hacia el maravilloso proceso de adaptación de una especie consciente a su entorno natural, algo que en la actual crisis ecológica, debería ser un tema importantísimo a considerar.

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