RELATO: ¿Cómo vienen los niños al mundo? por Carlos Saldivar

baby kai

¿Cómo vienen los Niños al mundo?

La llegada de un nuevo miembro de la familia puede ser, para los hijos que esta viven, un transtorno y una introducción al maravilloso misterio de la vida, este relato explora esta arista.

Por Carlos Saldivar

1

 —¿Sabes cómo vienen los niños al mundo? —preguntó Antonio a su hermano menor.

—Sí, mi mamá me lo contó: son creados en el cielo, después bajan a París y luego una cigüeña los recoge con el pico para llevarlos a un hogar —respondió Tobías.

—Pues no es así, no es así —dijo Antonio. Y se rió.

Su madre los llamó en ese momento para cenar. Ambos chicos se dirigieron presurosos. Su padre llegó pronto del trabajo. Saludó a su esposa con un ósculo en la boca y besó en la frente a sus hijos. Primero a la pequeña Aurora de cuatro años. Luego a Tobías de ocho y, finalmente, a Antonio de doce. Se dirigió a su oficina para dejar allí su maletín y su saco; preguntó si todos se habían lavado las manos. Los chicos asintieron, la madre también, acto seguido comentó: «Sí, papi», y se rieron todos. Tobías seguía pensando en aquello que le había dicho su hermano, sin embargo, cuando se disponía a preguntar algo más, su padre le mostró un regalo que le había comprado por sus buenas calificaciones. Un álbum de animales y cinco sobres con figuritas. El niño olvidó el asunto de los bebés de momento; empero al siguiente día preguntaría sobre ello.

2

La familia Martínez vivía en las afueras de la ciudad, en una zona atestada de casas pequeñas. La mayoría de un solo piso. Todas las viviendas, de acuerdo a la tradición, tenían terraza. Gustavo Martínez había diseñado él mismo su azotea, era el mejor arquitecto del distrito. A pesar de ello, su familia no era acomodada. Junto a su esposa y sus tres hijos, vivía con una especial tranquilidad económica y espiritual. Era contratado a menudo por diversas empresas que requerían sus servicios, alguna obra de gran envergadura, un nuevo centro de salud, por ejemplo, o una nueva escuela. De este modo, el hombre trabajaba intensamente durante una temporada para tener luego varios días libres en los cuales podía estar con los suyos. La familia era la base de la sociedad, y la suya era un claro ejemplo de unión y armonía. Aunque Antonio… ese niño no era perfecto. El señor Martínez y su esposa, Viviana, estaban muy preocupados por su primogénito. Tenía bajas calificaciones y su conducta era reprobable, molestaba mucho a sus compañeros e, incluso, fue atrapado en cierta ocasión fumando en el baño de hombres. Pero lo peor de todo fue una vez cuando enfrentó a su profesor de religión, proponiendo ideas alocadas y carentes de lógica sobre el origen de las cosas y del hombre. ¿Qué pasaba con ese chiquillo? El púber no manifestaba su mal comportamiento en casa, aunque era muy probable que dentro de poco su mala influencia calara en el pequeño Tobías. Un niño que, a su corta edad, ya demostraba una aguda inteligencia y un claro sentido del arte y de la creatividad. En el futuro, los esposos vigilarían muy de cerca de Antonio, lo amaban, era su hijo, pero el orden no podía quebrarse de esa manera. Todo debía marchar de acuerdo a las buenas costumbres. Sobre todo ahora, que Viviana Martínez estaba encinta de su cuarto hijo. Un pequeño que, de seguro, colmaría el hogar de alegría y purificación total.

3

Cuando Antonio llegaba del colegio, siempre encontraba a su hermano menor haciendo tareas en la mesa de la sala. Eso le irritaba porque él prefería ver un poco de televisión ahí antes de realizar cualquier labor escolar. Se dirigió a saludar a Tobías cuando, de pronto, el niño le dijo en voz alta:

—Ya, Toño, dime, ¿cómo vienen los niños al mundo?

—Shhh, cállate, sonso. Mi mamá nos va a oír.

De repente, Viviana Martínez se presentó a la sala y les dijo a ambos:

—¿Qué están tramando, mis pequeños ángeles?

—Nada, mami —contestó el hermano mayor, un tanto nervioso—. No sabía que yo era tu ángel.

—Bueno, eres un angelito caído.

Tobías se rió y su madre le acompañó en sus rimbombantes carcajadas. Antonio permaneció serio.

—Voy a salir unos veinte minutos a la casa de la señora Muros, quiero pedirle la receta para el pastel de alcachofa. La madre se quitó el delantal, se acomodó rápidamente el peinado frente al espejo y se despidió de sus hijos: —Ya vuelvo, pórtense bien, corazones.

Una vez hubo salido de la residencia, Tobías se puso de pie e interrogó a su hermano:

—Ya, Toño, ahora sí dime, ¿cómo vienen los niños al mundo?

—¿No te contaron?

—No

—¿No te dijeron?

—No.

—¿No te llegaste a enterar?

—Ya pues, te gusta molestar, ¿no? Dime, dime.

—Te lo voy a decir con una condición.

—¿Cuál?

—No debes contárselo a nadie, ni del colegio, ni del barrio, ni mucho menos a mis papás. Si se enteran de que te he dicho me castigarán el resto del año.

—Lo prometo, lo prometo.

—Y lo más importante, si llegaras a contarlo por algún motivo, no menciones que yo te lo dije, échale la culpa a un compañero de clase, a algún vecino, pero a mí no, sino te pego.

—Prometido, no te acusaré.

—Muy bien, los hombres cumplen sus promesas, recuérdalo. —Antonio se acercó a su hermano, se agachó un poco y le susurró el secreto al oído.

El pequeño abrió mucho los ojos mientras escuchaba con sórdida atención.

4

Tobías no pudo dormir bien esa noche. Al despertar, estaba muy decaído, sus padres creyeron que estaba enfermo, que posiblemente había contraído algún virus por el clima frío de invierno. No obstante, el niño se levantó de la cama y se vistió con rapidez para ir a estudiar. En el colegio no pudo concentrarse. La profesora le llamó la atención dos veces y, al notarlo nervioso y perdido, le pidió que fuera a la enfermería. Una vez allí, la enfermera, una mujer gordezuela y de buen carácter, le pidió al niño que le contara su problema. Tobías quería conversar con alguien, indagar por respuestas, sin embargo recordó la promesa que le hizo a Antonio. Sabía que si contaba lo que su hermano le había dicho, y sus padres se enteraban de todo, estos castigarían con rudeza al púber. No, no diría nada. Los hombres deben cumplir sus promesas. Adoraba a su hermano, no podía meterlo en problemas de ese modo. Aunque… ¿y si este se había atrevido a jugarle una broma? No hubiera sido la primera vez. Hacía un año, Antonio le contó cierta historia de miedo acerca de unos seres cabezones y horribles que descendían a la Tierra de cuando en cuando para llevarse a los niños miedosos y someterlos a crueles experimentos.

—No es cierto —había dicho Tobías tajantemente.

—Sí, mira. En este momento se hallan estacionados en el cielo, observándonos. Creo que ya te escogieron como víctima.

El pequeño miró al cielo y notó una luz muy refulgente que titilaba a ratos. En seguida dijo:

—Eso es una estrella, mentiroso.

La luz se movió.

Esa noche tampoco había podido dormir, creyó ver una silueta deforme que intentaba entrar por su ventana. Parecía ser algo naranja, peludo. Aquello maulló. Tobías gritó con fuerza, su padre se hizo presente en su habitación y lo tranquilizó, le dijo que solo era un gato extraviado, que no creyera en las tontas historias de Antonio. No existían las criaturas de otros planetas. En todo caso, si fuera cierto, nunca se llevarían a un niño bueno como él.

—¿Entonces existen, papi?

—No, Tobi, ¿cómo crees? No existen, te juro que no.

—Pero yo vi una luz misteriosa en el cielo ¡que se movió!

—Era una estrella fugaz, pequeñín.

—¿Las estrellas fugaces vuelan?

—Claro como los cometas o los meteoritos. No sientas temor, descansa ya, si gustas te acompaño hasta que te duermas.

—Gracias, papi. Uhmm… ¿papi?

—Dime, hijo.

—¿Crees que soy un miedoso?

—No, Tobi, no eres miedoso. En todo caso, es normal sentir temor. Todos los hombres valientes han tenido miedo cuando fueron niños.

—Entonces sí soy un miedoso.

—No, no lo eres. Solo tienes una imaginación extraordinaria. Igual que tu hermano. Los dos son capaces de inventar las historias más sorprendentes. Llegará un momento en tu vida en el cual dejarás de creer todas las locuras que él te cuenta.

Eso tuvo lugar un año atrás. Dichos recuerdos oscuros turbaban al pequeño. Tobías logró calmarse momentáneamente; retornó a clase. Se sentía con más ánimo, aunque la gran duda aún persistía en su mente. ¿Será verdad lo que dijo Antonio? ¿Los bebés en realidad eran traídos por una cigüeña? ¿O eran creados cómo había dicho su hermano? Si lo segundo era cierto, entonces éramos una raza repugnante. El mundo era repulsivo. ¿Cómo podía ser verdad que los niños nacieran de esa forma? No. Debía averiguar la verdad. Si Antonio le había mentido, tenía que desenmascararlo. Únicamente restaba un modo de investigar. La biblioteca. Al llegar el recreo, Tobías se dirigió ahí para encontrar las anheladas respuestas.

5

Durante el almuerzo, el pequeño comió muy poco. Sus padres lo observaron, inquietos. Viviana Martínez le preguntó:

—Hijito, ¿te pasa algo? ¿Por qué has dejado la comida?

—No tengo hambre, mami.

—Te llevaré al Centro de Salud —dijo Gustavo Martínez—, esto puede ser peligroso. —Le tocó la frente a su hijo para ver si tenía fiebre. Comprobó que no era así. De inmediato, mencionó: —¡Qué raro! Háblame, Tobi. Dime qué es lo que te preocupa tanto.

—No es nada, de verdad, estoy bien. —El niño sonreía. Su progenitor se sintió aliviado.

Antonio miró de reojo a su hermano, con un ligero gesto de preocupación. Aurora, la hermana menor, pidió permiso para retirarse de la mesa, lavarse las manos y jugar con sus muñecas en el sofá. Su madre le dio permiso y se puso de pie para traer algunas copas. Imaginaba ya cuál sería la sorpresa que su esposo les daría a ella y a sus dos hijos mayores. El padre bajó al pequeño sótano, tardó unos siete minutos y subió con una botella de vino blanco.

—¡A brindar! Por el nacimiento de nuestro nuevo hijo.

—O hija —añadió su esposa.

—Así sea niño o niña la amaré con todas mis fuerzas, lo único importante es que sea sano y de buenos sentimientos.

—Será una niña pura y bondadosa, será nuestra nena.

—O nene. —Gustavo Martínez sirvió el vino en las copas. Tobías bebió y percibió cierta mejora en su interior. Les dijo a sus padres que no le ocurría nada, que quizá solo estaba nervioso por la llegada del nuevo bebé.

—Oh, chico, ¿qué ocurre contigo? —dijo el padre—. Nos dieron la noticia hace tanto tiempo… no entiendo por qué te preocupas ahora. Quédate tranquilo. En seis días él estará con nosotros. ¡Tendrás un nuevo hermanito!

—O hermanita —mencionó la madre—. El caso es que no hay motivo para estar nervioso. Un nuevo miembro en la familia es motivo de felicidad, un hijo es lo más grande que le puede ocurrir a una pareja, un nuevo hermano es un don divino que muchos no tienen. Eres un niño afortunado. Te queremos mucho y espero que puedas querer tú también al pequeño que vendrá en pocos días. Mira a Antonio, él no está preocupado. Observa a Aurora, ella se siente contenta. ¿Cómo te sientes, Aurorita? Tendrás un nuevo hermanito o hermanita pronto.

—Feliz, estoy feliz, mami —dijo la niña, sonriendo. La alegría sincera de la infancia.

—¿Lo ves? Por favor. Únete a nuestra felicidad.

—Sí, mamá, prometo que dejaré de sentirme raro. Pero… ¿qué tal si el bebé se le cae a la cigüeña durante el viaje?

Los padres hicieron un gesto de terror ante las palabras de Tobías. Fue el jefe de familia quien, después de meditar un rato, habló:

—Tobi, ¿qué dices? Eso nunca ha pasado. Jamás se le ha caído un bebé a la cigüeña mientras ella volaba hacia algún hogar. Puedes estar tranquilo, ella traerá al nene sano y salvo.

—Papá, ¿estas seguro de que la cigüeña es quien trae a los bebés?

El padre hizo una mueca de aprensión. Se mostró un tanto enojado.

—Tobías, ¡basta! No hablaremos más de eso.

—Pero… pero…

—No sé de dónde has sacado esas ideas tan absurdas. Será mejor que te vayas a tu cuarto.

El niño dejó escapar una lágrima y se retiró. Gustavo Martínez brindó una mirada de soslayo a Antonio que, distraído, ya iba por su tercera copa de vino blanco.

6

Los días se sucedieron con una rapidez asombrosa. La noche en que Tobías y sus padres discutieron, Antonio se hizo presente en la habitación de su hermano para recordarle su promesa. El niño le odió. Odió también a sus padres y a ese mundo lleno de mentiras. Tenía ocho años, esa era la realidad, era un infante. Pronto cumpliría nueve, no obstante aún faltaba mucho tiempo para que se convirtiera en un hombre, alguien que no podría ser engañado, ni por sus seres queridos, ni por nadie. Se mostraba un poco arisco, ligeramente alejado del ambiente ruidoso que le rodeaba. Durante la semana, llegaron a su casa algunos familiares para visitar a su madre. Le hicieron todo tipo de regalos para el bebé. Su padre estaba contento, Antonio también lo estaba. Curiosamente, su hermano mayor mejoró su situación en la escuela, ya no se metía en líos. Aurora hacía todo tipo de preguntas acerca del nuevo nene (o nena) y su madre le describía el cielo dónde este era creado, el hermoso jardín donde esperaba ser recogido por una amable cigüeña que lo llevaría al hogar elegido, junto a la pareja o familia que lo había solicitado. El humor de Tobías se había tornado agrio. No pudo encontrar ninguna respuesta en la biblioteca, hecho que lo irritó sobremanera. Si dicha mentira podía extenderse hasta las instituciones, eso solo podía significar dos cosas:

El mundo infantil vivía engañado.

Si la cigüeña era una mentira, probablemente no era la única. Había más engaños mundiales. Por ejemplo, la historia de Santa Claus.

No. No podía ser cierto. No podían haberle visto la cara de tonto por casi nueve años. Era un acto cruel por parte de su familia, excepto por Antonio, quien fue la persona que le reveló el secreto. Sin embargo, existía otra posibilidad: la de que Antonio estuviese mintiendo. Solo había una forma de solucionarlo. Debía enfrentarlos a todos juntos durante la cena. Lo haría esa noche, la última en la que serían nada más cinco miembros. Al día siguiente, el bebé llegaría.

Viviana Martínez estaba conectada a la computadora, charlando mediante el Facebook con una persona extranjera. Los niños no podían usar dicha tecnología, se les estaba prohibido hasta que cumpliesen catorce años. Entonces tendrían acceso bajo la supervisión de sus padres. Podrían navegar en Internet a libertad al ser mayores de edad.

Gustavo Martínez llegó del trabajo un poco tarde e invitó a todos a la mesa para cenar. Su esposa se iba a poner de pie, pero el hombre le dio un beso en los labios y le dijo que no se preocupara, que dejara ese asunto electrónico zanjado de una vez.

—Gracias, amor, solo estoy esperando una última respuesta.

Todos se sentaron a la mesa, el padre sirvió la comida mientras la madre apagaba la computadora y se sentaba. Su esposo se mostró solícito, le acomodó la silla como todo un caballero.

—No puedo dejar que la futura madre haga esfuerzos innecesarios. Te amo, preciosa. —Volvió a besarla. Aurora se rió y su madre le tocó la nariz con el dedo. Ambas se pusieron coloradas. Antonio permanecía distante, como siempre, sin embargo cuando Tobías mencionó las frases, sus ojos se abrieron como dos ventanas rompiéndose.

—Papá, mamá, ya sé que a los bebés nos los trae la cigüeña.

—Oh, Dios mío, ¿qué estás diciendo, hijito? —preguntó su madre, soltando el tenedor.

—Lo que has oído, mamá. Ya sé cómo vienen realmente los niños al mundo.

—Antonio, Aurora, vayan a cenar a la cocina. Vuestra mamá y yo debemos hablar seriamente con su hermano.

Los niños se retiraron, llenos de preocupación. Dicha tensión era más visible en Antonio, quien comió con gran lentitud en la pequeña mesa de la cocina. Una vez hubo terminado, bebió un vaso de chicha morada que no consiguió refrescarle ni provocarle una buena digestión. La pequeña Aurora salió de la estancia para ir a lavarse las manos en el baño. Se escuchó la voz de los padres que invitaban a la niña a quedarse en la sala a jugar unos minutos (luego tendría que ir a acostarse) mientras ellos se retiraban a charlar a la cocina con el hermano mayor. El púber contó los segundos que ellos tardaban en llegar al umbral de la habitación que ocupaba. Una vez ahí, ambos lo observaron con un gesto de cólera y, al mismo tiempo, de lástima. Antonio tragó saliva, una vez, otra vez, tres veces.

7

Tobías se dirigió a su habitación, mirando con tristeza la puerta de la cocina. Sus padres entraron ahí y se sentaron a la mesa frente a Antonio. Mandaron desde ahí a Aurora a su recámara. La niña accedió, aunque mostró su disgusto: «Me paran mandando de cuarto en cuarto, malos». El hermano menor la oyó y sonrió, luego se recostó en su cama, contando los segundos; no escuchó ningún grito, ningún reproche a viva voz. Sus padres parecían tomarlo con calma. Transcurridos unos quince minutos, Antonio abrió la puerta del cuarto con violencia y le gritó al niño:

—¡Me han castigado un mes! ¡Un mes, todo por tu culpa, maldito chismoso!

Su rostro tenía algunas lágrimas. El pequeño aludido se había puesto de pie de un salto. El padre se acercó y sostuvo el borde de la puerta con las manos. Miró con rudeza a Antonio, quien se dirigió corriendo a su propia recámara. Gustavo Martínez se acercó  a su hijo y le besó en la cabeza. Le dijo:

—Tranquilo, Tobi, mañana será un gran día.

Viviana Martínez se hizo presente en la estancia. Comentó con una voz serena:

—Ya acosté a Aurorita. Déjame que arrope a este chiquillo, Gustavo. Adelántate a nuestra habitación.

El padre la dejó sola con el niño. Ella se sentó en la cama, el infante no mencionó una sola palabra. Estaba relajado, los ojos de su madre le habían apaciguado. La mujer le acarició el cabello, le mencionó varias veces lo siguiente: «Descansa, Tobi. Todo se ha arreglado ya. Duerme, precioso». La madre se mantuvo así un rato hasta que el pequeño se durmió. En su rostro se notaba una calma ensoñadora.

8

Tobías despertó tras un sueño tranquilo. Era temprano aún. Aunque ese día no había colegio para él, se levantó con energía. Se sentía contento, estaba exonerado de la escuela por esa fecha. Deseó que todos los días fueran como aquel. Estaba yendo al cuarto de baño para lavarse, cuando notó varias voces en la sala. Se acercó de puntillas por el pasillo y atisbó alrededor. Estaban presentes sus padres, sus abuelos por parte de madre, dos tías, tres tíos y cuatro primos. Aurora ya estaba despierta y cambiada. El timbre sonó, su progenitor fue a abrir, eran sus abuelos por parte de padre. Los adultos se saludaron, se abrazaron y los mayores le dieron a su papá la bendición. El niño entró corriendo al baño, se cepilló, se lavó y regresó a su alcoba para vestirse. Cuando estaba a punto de hacerlo, su madre se hizo presente, trayendo unas prendas en el brazo. El crío notó que era ropa nueva. Viviana Martínez le dijo:

—Ya estás despierto, pequeño dormilón. Hoy es un día especial y te vestirás de un modo especial.

Tobías sonrió. Sintió algo similar a un astro naciendo en su pequeño ser.

El Sol brilla con intensidad. La familia lo sabe, augura un gran futuro para el bebé. Suben todos a la azotea, la cual luce preciosa. Un parket marrón cubre el suelo por completo. Hay una pequeña habitación donde Gustavo Martínez suele guardar algunos trastos. Dicho cuarto se halla limpio y ordenado. Los muros adyacentes han sido pintados de naranja. El color del fuego. Un poder que nace y adquiere fuerza. La eufonía. La vida. El padre imagina que en seis meses o un año ese ambiente quedará convertido en un segundo piso en tanto que sobre este será construida una nueva terraza. La familia va en aumento, la casa debe agrandarse. Los señores Martínez ya han acondicionado una nueva estancia en el piso de abajo, está decorada al detalle, se encuentra llena de juguetes, tiene una cuna amarilla, hermosa. ¿Será niño o niña? Aún no lo saben. Por eso los regalos de los amigos, vecinos y el resto de la familia llegarán más tarde o al día siguiente. Los colores solían ser antaño un asunto significativo, celeste para un varón, rosado para una mujer. Todos los presentes saben que hoy el color es lo de menos. Lo importante es la salud. Por eso el doctor de la familia está ahí presente. Tobías abre los ojos, ve a su hermano mayor aparecer. Está bien arreglado, con un pantalón marrón y una camisa a cuadros azul. El infante ríe sin darse cuenta. Su camisa blanca y sus pantalones verdes le refrescan. Está de pie, mirando el horizonte, junto a sus padres, hermanos y un grupo notable de familiares. Se acerca a su madre, se coloca al lado de ella. Su padre toma en sus brazos a Aurora, le dice:

«Ya viene, pequeña, ya viene. ¿Qué hora es?»

«Las 9 y 19 a.m.», responde alguien.

«¿Cuál fue la hora que te indicó la Sociedad Francesa?», pregunta Gustavo Martínez a su esposa.

«Tranquilo, me dijeron que alrededor de las 9 y 20 a.m.», comenta ella. «Me dieron ayer la última confirmación. La Internet es un invento valioso y ciento por ciento seguro».

La luz que surge a lo lejos cubre gran parte de la ciudad. Ellos no son los únicos que la ven, muchos vecinos han subido a sus terrados para presenciar el suceso. Tobías no cree que pueda existir tanta belleza en el mundo. Piensa en la estrella móvil que vio una vez y descubre que en realidad ese fulgor es similar a este. Las horas no importaban, podía surgir durante el día o la noche. Y cuando lo hacía, brillaba siempre, como un lucero. El resplandor se va a acercando, como un sol pequeño que trae la felicidad en su núcleo. El contraste con el verdadero astro rey es notorio pues aquel se ubica en la parte opuesta de la residencia. La delgada imagen es de ensueño, se aproxima con delicadeza, agita las alas con suavidad. No desfallece en su intento por alcanzar su destino. Está a un kilómetro de distancia. A medio kilómetro. A solo cien metros. Los dos padres se acercan a recibirla. El señor Martínez aún tiene a su hija menor en brazos, quiere que ella presencie el milagro. Es una buena idea, la pequeña queda fascinada. El ave desciende sobre la solana. Brilla con intensidad, el blanco de su plumaje luce impoluto. Su enorme pico trae una preciosa criatura rosada, sostenida con una tela crema, blanda, aunque indestructible.

«¿Qué es, papi?», pregunta una dulce voz.

«Aún no estamos seguros, mamá nos lo dirá».

La madre recibe a la nena en brazos, como debe de ser, como siempre ha sido, la revisa, confirmando que esté sana y comenta:

«Oh, Aurora, es una hermosa niña como tú. ¡Tu hermanita!»

El padre observa a la recién nacida con lágrimas en los ojos y dice:

«Se llamará Clara».

Se acerca a su esposa y le da un beso en los labios mientras todos aplauden. El pájaro retoza, apoyado sobre el suelo, grazna con donaire, listo para emprender el vuelo de regreso. Tobías no puede dejar de observarla, lleno de fascinación. Su mirada gira, de pronto, hacia el rostro de su hermano mayor. Antonio le sonríe, su alegría es a todas luces sincera. Este le guiña un ojo a su pequeño hermano mientras se ríe de él, burlón.

Lima, junio de 2009

Imagen: Baby Kai, por Jon Ovington

Anuncios